U k’a’áat jéeljelas meyajo’ob ti le batsilo’ob. Reconocer los conocimientos de las familias mayas

wendy medina
01.20.2026

MÉXICO, Ene 19 (FILAC) – En las comunidades de Tachí, Cholo y Timul, al oriente de Yucatán, México, una iniciativa comunitaria ha comenzado a tejer algo más profundo que talleres o actividades escolares: está reactivando la memoria, la lengua y la dignidad de las familias mayas desde las infancias. U k’a’áat jéeljelas meyajo’ob ti le batsilo’ob, reconocer los conocimientos de las familias mayas, nació del deseo de escuchar lo que las niñas y los niños estaban pidiendo: su derecho a un ambiente sano y a reconectarse con su cultura.

“Trabajamos con infancias desde la participación ciudadana, pero este año las y los niños empezaron a decir algo más: querían hablar del derecho a un ambiente sano”, recuerda Leti May Uc, integrante de la coordinación de la iniciativa. Junto con Mildred, joven maya hablante y colaboradora comunitaria, decidieron responder a esa inquietud desde un lugar claro: la lengua maya y el conocimiento de las y los abuelos.

Esta iniciativa fue posible gracias al apoyo del Fondo Saq’ Be’ (“camino blanco” en lengua maya), impulsado por el Programa Emblemático de Mujeres Indígenas de América Latina y el Caribe – MILAC, el Instituto Iberoamericano de Lenguas Indígenas – IIALI, el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe – FILAC, y respaldado por el Fondo Pawanka.

La lengua como refugio y como fuerza

En los talleres participan niñas y niños de entre 7 y 11 años. Algunos, como Ingrid y Abner, hablan maya con fluidez; otros, como Sophie, la entienden, pero casi no la hablan. “Pensamos que, así como Sophie, hay muchos niños más. No se trata solo de enseñar la lengua, sino de abrir el diálogo con los abuelos y las abuelas”, explica Leti.

Todas las actividades se realizan en lengua maya. No es casualidad: tanto Leti como Mildred han vivido la discriminación por hablarla. “No queremos que las niñas y los niños crezcan con miedo de hablar su propia lengua”, dice Mildred. Aquí, el maya no es un obstáculo, sino el puente.

De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía – INEGI, en México existen 774,755 personas de 3 años y más que hablan lengua maya (maayat’aan). La mayor concentración de hablantes se ubica en la Península de Yucatán, principalmente en los estados de Yucatán, Quintana Roo y Campeche.

Asimismo, el Atlas de los Pueblos Indígenas de México (INPI) señala que la lengua maya constituye la segunda agrupación lingüística indígena más hablada del país, solo después del náhuatl. No obstante, su relevancia demográfica y cultural, enfrenta factores de vulnerabilidad asociados a la migración, la urbanización, la discriminación lingüística y, especialmente, a la disminución de la transmisión intergeneracional.

El shóok y el calendario del tiempo

Uno de los aprendizajes centrales fue el shóok, conocido en castellano como cabañuelas, un calendario ancestral que permite prever el clima del año observando los primeros días de enero. Para ello, invitaron a don Benedicto, abuelo de la comunidad, quien compartió sus saberes completamente en lengua maya.

“El shóok nos ayuda a saber cuándo sembrar, si habrá lluvia, viento o sequía”, explica Abner, de 11 años. Pero don Benedicto no habló solo del clima: habló de pedir permiso antes de entrar a la milpa, de los aluxes, los dueños del monte, de las energías que habitan el territorio.

Que el abuelo hablara únicamente en maya transformó el espacio. Las preguntas fluyeron sin traducciones forzadas. Para niños como Abner, que se expresan mejor en maya que en español, fue la primera vez que un espacio educativo se adaptó a ellos y no al revés.

Aprender también es equivocarse

El conocimiento no quedó en la palabra. Los niños sembraron plantas y experimentaron. Abner, por ejemplo, sembró cilantro en temporada de lluvias. Se le murió todo. “Ahí entendieron que lo que decía el abuelo tenía sentido”, cuenta Leti. El error se volvió aprendizaje, no regaño.

También trabajaron con plantas medicinales: albahaca, ruda, hierbabuena. En comunidades donde el acceso al médico implica largos traslados, el solar maya sigue siendo el primer espacio de cuidado. “No es solo comida, también es medicina, es autonomía”, dice Leti mientras recuerda cómo Ingrid le ofreció albahaca para aliviar una irritación en el ojo.

El solar maya: comida, medicina y memoria

En los solares se sembraron chile, tomate, rábano, sandía, melón, frijol y plantas medicinales. Todo lo que está “al alcance de la mano”. Así aprendieron que el solar maya no es solo un huerto, sino un sistema de vida heredado de los abuelos.

Además, las niñas y los niños crearon una lotería del clima de Yucatán: lluvia ligera, lluvia con viento, sol intenso. Las mamás participaron, jugaron, se emocionaron. Muchas de ellas, como doña Yolanda, acompañaron de cerca el proceso y fueron clave para que niñas como Sophie comenzaran a hablar maya con más confianza.

Entre la discriminación y el cuidado

El proyecto no estuvo libre de obstáculos. La discriminación por hablar maya sigue siendo una herida abierta. Otro reto fue la inseguridad: ante casos recientes de robo de infancias en la península, varios niños se negaron a mostrar su rostro o a ser fotografiados.

La respuesta fue el cuidado. No se les forzó. Se grabaron sus voces, se transmitieron audios en radio comunitaria, se usaron máscaras de animales para proteger su identidad. “La seguridad de ellos y ellas es primero”, afirma Leti.

“Me siento bien hablando maya”

Cuando se les pregunta cómo se sienten al hablar su lengua, las respuestas son claras. “Me siento bien hablando maya, porque casi todos aquí la hablan”, dice Ingrid, de 11 años. Abner coincide: “En mi Pueblo todos hablan maya. Nadie habla español”.

Sembrar para que no se pierda

Para Leti, la importancia de la iniciativa es profundamente personal. “No quiero que lo que yo viví por hablar maya se repita. Quiero que se fortalezca, que no se calle la voz”. Su invitación es directa: que jóvenes, niñas y niños hablen la lengua, la sientan, la vivan.

Porque en cada palabra en maya, en cada semilla sembrada en el solar, en cada historia contada por los abuelos, se está sembrando algo más grande: la continuidad de un Pueblo Indígena que resiste, aprende y florece desde su raíz.