El latido del telar: mujeres que tejen identidad en Tecpán

wendy medina
01.19.2026

GUATEMALA, Dic 08 (FILAC) – La mañana empieza con el sonido rítmico del telar de cintura. Cada golpe suave del ch’ich’ —el instrumento que muchos niños han aprendido a llamar erróneamente “espada”— resuena como un latido antiguo. En una pequeña sala comunitaria, iluminada por el humo tenue que se cuela desde las casas vecinas, un grupo de mujeres mayas kaqchikel se reúne para algo más que tejer. Allí comienza la historia del Consejo de Tejedoras Ruk’u’x Kem Iximche, el “Corazón del Tejido de Tecpán”.

La organización nació en 2017, pero su origen es mucho más profundo. Surge de un legado transmitido por abuelas que aprendieron a tejer antes de caminar, mujeres que hicieron del telar un lenguaje capaz de narrar tormentas, constelaciones y el pulso de la Tierra.

Surge también de heridas que siguen abiertas en Guatemala: del racismo que todavía señala y minimiza, de la migración forzada a la capital, y del conflicto armado que obligó a miles a ocultar su idioma y su indumentaria para seguir vivas.

“En las escuelas de tejido buscamos fortalecer la identidad de las mujeres adultas y niñas, y que puedan conocer todo el proceso de elaboración de un tejido. En ese sentido, también compartimos el significado de los elementos en idioma kaqchikel, así como el nombre de cada instrumento utilizado en este arte ancestral”, señala Ixchel Guorón Rodríguez, coordinadora de la iniciativa.

Según los datos demográficos y de pobreza de los Pueblos Indígenas recopilados en la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida – ENCOVI de 2023, la población hablante de Kaqchiquel representa el 14.5 % del pueblo Maya en Guatemala.

Esta iniciativa fue apoyada por el Fondo Saq’ Be’, cuyo nombre en idioma maya significa “camino blanco”. Dicho fondo es impulsado por el Programa Emblemático de Mujeres Indígenas de América Latina y el Caribe – MILAC, el Instituto Iberoamericano de Lenguas Indígenas – IIALI y el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de América Latina y el Caribe – FILAC y el respaldo del Fondo Pawanka.

La segunda piel

“Nuestra indumentaria es nuestra segunda piel”, señala Ixchel Guorón Rodríguez, mientras pasa los dedos por el borde de un huipil cuyas figuras casi nadie sabe leer ya. Para muchas tejedoras, caminar por la ciudad con su ropa tradicional es aún un acto político. Ser llamada “María” por desconocidos sigue siendo parte de la violencia cotidiana. “No es que el trabajo doméstico sea malo”, aclara, “pero ¿por qué creen que es lo único que podemos hacer?”, relato Ixchel.

La pregunta queda suspendida en el aire, como un hilo tenso. Tejer la identidad, en Tecpán, también significa defenderla.

La escuela donde el tejido vuelve a hablar

En una de las aulas de la Escuela de Tejido Tijonïk Ajkem, un niño sostiene su telar por primera vez. Sus manos tiemblan, no de miedo, sino de emoción. A su lado, una niña sonríe porque al fin comprendió cómo tensar la urdimbre. No son solo ejercicios técnicos: en cada sesión se habla del valor de ser maya, del significado de los símbolos, del kaqchikel que muchos escuchan por primera vez en su vida.

La maestra, paciente, les enseña que el relámpago se llama Coyopa, que la serpiente emplumada es Kumatzin, que el tejido es, en sí, un mapa del cosmos. No se trata únicamente de recuperar una técnica: es reconstruir una manera de mirar el mundo.

“Mi mamá sabe tejer —dice un niño—. Ahora yo ya puedo ayudarla”.
Ese pequeño triunfo, repetido en distintas voces, se convierte en una ola de esperanza para el Consejo, señala María Florencia Rodríguez Guaján, autoridad del tejido.

Resistencia juvenil para rescatar la lengua y las prácticas ancestrales

Iskaj Evelyn García, una joven integrante del Consejo de Tejedoras, retoma la memoria al recordar que las abuelas y abuelos sentían miedo a ser discriminados por hablar su lengua.

“En diversos espacios, instituciones, escuelas y, en general, en el ámbito educativo, la enseñanza se impartía únicamente en español. Eso llevó a que muchas familias dejaran de lado su idioma maya; en nuestro territorio, el kaqchikel”, señala.

Agrega que es fundamental recordar que en la lengua se encuentra toda la cosmovisión maya: el pensamiento, la forma de nombrar y comprender el mundo desde los Pueblos Indígenas. Al perder esa conexión, también se fue diluyendo el significado profundo de muchas prácticas culturales, como el uso de plantas medicinales y la indumentaria tradicional.

No obstante, Iskaj destaca que, pese a estas dificultades, muchas y muchos jóvenes están retomando su identidad desde la resistencia cultural. A través del tejido, la danza, la música y otras expresiones artísticas, están recuperando conocimientos y saberes de los pueblos originarios, manteniendo viva la lucha por conservar la lengua y honrar su herencia ancestral.

El silencio impuesto

En otro rincón, una abuela recuerda el día en que dejó de usar huipil. “Tuve que quitármelo. Me dolió como si me arrancaran la piel”, confiesa. Habla del conflicto armado (1960 – 1997), de la lista negra, de los familiares que tuvieron que huir a la capital porque vestir su identidad los convertía en blanco.

Por eso hoy, en muchos hogares, los niños no hablan kaqchikel. No es desinterés; es miedo heredado. “Nuestras abuelas y abuelos nos callaron para protegernos”, señala Ixchel. El costo fue enorme: generaciones que crecieron desconectadas de su idioma y de su memoria.

El fogón: un espacio político

En las sensibilizaciones que el Consejo realiza en comunidades como El Tablón y San Vicente Pallán, las mujeres se sientan alrededor de mesas donde reposan plantas medicinales, ejemplos de semillas ancestrales y retazos de tejidos con símbolos que pocas reconocen.

Allí, entre risas tímidas y recuerdos que emergen como brasas, surge una revelación: la cocina es un espacio político. Es en el fogón donde las abuelas contaron historias, transmitieron la lengua, enseñaron a sembrar respetando la luna. Sin embargo, el patriarcado convirtió ese lugar en carga y obligación, en un espacio relegado más que honrado.

El Consejo intenta devolverle su dignidad: la cocina como un territorio de memoria, resistencia y creación.

El regreso de los símbolos antiguos

Durante las actividades, las tejedoras sacan un muestrario cuidadosamente elaborado. Al abrirlo, aparecen líneas y figuras que parecen moverse: el Coyopa, el Kumatzin, el Chumix que representa las constelaciones. Algunos niños y niñas dibujan lo que ven. Otros preguntan qué significa cada diseño. Las mujeres se miran entre ellas, sorprendidas por darse cuenta de cuánto se había perdido.

Tejer sin saber qué se teje: esa es la desconexión que el Consejo quiere revertir.

Mientras tejen, cantan la canción en kaqchikel denominada ‘Rub’ix ri qakem’, que en castellano significa ‘El canto de nuestro tejido’. Esto permite que las y los estudiantes se apropien del idioma kaqchikel y, al mismo tiempo, se retroalimenten sobre los nombres en kaqchikel de los instrumentos del tejido y la simbología presente en la indumentaria.

El mercado injusto y la amenaza del plagio

En medio de la conversación aparece un tema que duele: los tejidos mayas que se venden en boutiques de moda sin reconocer a quienes los crearon. Diseños históricos copiados y comercializados sin permiso, sin consulta, sin beneficio para las tejedoras.

Por eso, el Movimiento Nacional de Tejedoras impulsa una iniciativa de ley para proteger los conocimientos colectivos. Son más de 170 indumentarias distintas en Guatemala, cada una ligada a un territorio y una historia que no pueden seguir siendo explotadas.

El Consejo también creó un libro que documenta la técnica, el simbolismo y los desafíos actuales. Lo venden para sostener su trabajo; un trabajo que no es sólo cultural, sino político.

Entre dos mundos

La juventud maya está parada sobre una cuerda floja. De un lado, el empuje de la globalización; del otro, la raíz que los llama. El Consejo no quiere que renuncien a la modernidad, sino que la vivan sin sacrificar su identidad. Lo repiten como mantra en la escuela de tejidos: “Hablar kaqchikel es una fortaleza”.

En el aula, los niños terminan su primer telar. Lo muestran orgullosos. En algún punto del tejido se dibuja el símbolo del Pop. Ellos no lo saben aún, pero ese acto sencillo puede cambiar una vida entera.

En esta iniciativa participaron 25 niñas y niños, quienes recuperaron la técnica del telar de cintura y aprendieron los nombres de los instrumentos y el significado de los símbolos de la indumentaria maya en el idioma kaqchikel de Tecpán, Guatemala.

Asimismo, se capacitó a 40 mujeres indígenas de Pamanzana y San Vicente Palamá, quienes están recuperando prácticas ancestrales como la gastronomía, la indumentaria, el uso de plantas medicinales y el idioma maya kaqchikel dentro de sus comunidades.

Guardianas del hilo

Al despedirse, Marina Rodríguez del Consejo dicen algo que resume todo:
“Somos guardianas de nuestros tejidos, de nuestra cultura. No queremos desaparecer. Queremos seguir hablando, seguir creando, seguir siendo”.

En Tecpán, cada hilo sostiene una historia. Y cada historia, una resistencia. Las mujeres del Consejo de Tejedoras Ruk’u’x Kem Iximche no sólo preservan su identidad: la tejen, la defienden y la heredan, puntada por puntada, a quienes vienen detrás.